//Jaime de Anesagasti y Tonalá

Jaime de Anesagasti y Tonalá

Primera parte.

Flores y campanas de Pascua. Bullicio de las festividades populares enraizadas en nuestro suelo. Alborozo de la resurrección con sus manifestaciones de regocijada devoción.

Luego qué pasó el terrible drama de la sangre, se prende en el cielo la luz de la pascua.

A veces no se dicen las cosas puntualmente, pero se les intuye en su contenido. Así lo siente don Gilberto González al darnos en esta ocasión postrera sus recuerdos de aquel Tonalá de principios de siglo (XX).

Nos habla del personaje más ilustre de Tonalá, don Jaime de Anesagasti que hizo por el pueblo y por sus indígenas, lo que nadie ha hecho.

Y nos menciona también los ritos y celebraciones de antes que estallará en las campanas el gozo primaveral del domingo de resurrección.

Al permitirnos tomarle una fotografía nos lleva, con la profundidad de su mirada, al recuerdo lejano de sus días…

Dice don Gilberto que en sus primeros años ya recuerda como, como algo muy lejano que se mencionaba al señor cura Anesagasti.

Y todavía, apurando su memoria, recuerda la imagen de aquel sacerdote que en más de una ocasión se presentó al salón de parvulitos.

“Lo recuerdo alto, delgado, de tez blanca y con mucha amabilidad en el modo de hablar y tratar a las personas.

Este señor, don Jaime Anesagasti y Llamas, debe ser tenido como benefactor preclaro de Tonalá.

Fue él quien trazó normas y formas de la vida social, impulsó la enseñanza escolar, inculcó métodos de higiene entre los naturales… se dio entero a Tonalá”.

La edificación del Santuario del Sagrado Corazón, los monumentos a Pío IX, el de reina Cihualpilli, el de los misioneros que evangelizaron a Tonalá, son solo algunas expresiones de su obra material.

Lo más sólido y de innegable significación, fue su labor educativa y el empeño de hacer que los indígenas conocieran sus propias raíces, estimaran y defendieran el sello de su estirpe.

Hay, en su demostración de este afán del señor cura Anesagasti, un folleto publicado en 1899 por la Tipografía Católica de A. Zavala y Comp… que lo dice todo.

Se trata de una “historia antigua y moderna de Tonalá”, donde a base de preguntas y respuestas como en el clásico Ripalda de aquellos días, se va haciendo que los niños de la escuela parroquial conozcan las partes esenciales de su historia.

Aparte del encanto en que está trazado el librito, pueden encontrarse en el un acopio de datos básicos que debieron conocer “al dedillo” los niños de Tonalá hace 120 años, y que no conocen ahora tal vez ni los maestros y acaso ni sus cultos rectores o autoridades civiles y eclesiásticas.

Entra la primera pregunta a primera línea: “Que quiere decir Tonalá? -Quiere decir, por donde el Sol sale.

Porque? -Porque Tonatiuh, quiere decir el sol; y tlan, lugar donde nace el sol o nace”.

Por ese orden y ese método que debió ser entonces el más adecuado para el aprendizaje escolar, va el librito recorriendo toda la historia de este pueblo.

Ahí la etimología de los pueblos de la comarca como Tzalatitan, Coyula, Tetlan, Tateposco, Tlaquepaque.

Y luego el relato que corresponde al arribo de Nuño de Guzmán con los pormenores del recibimiento que le brindó la Cihualpilli.

También noticias importantes acerca de la categoría eclesiástica de Tonalá, con los nombres de dos obispos de la Diócesis que antes de su investidura episcopal fueron párrocos de Tonalá.

Los nombres de estos distinguidos prelados son el de D. Diego Aranda y Carpinteiro y el de D. Antonio Galindo y Contreras, ambos situados en el siglo XIX.

Trae la fecha en que se termino el actual templo parroquial, 1887, aunque bien se comprende que antes estuvo ahí el templo primitivo, pues al hablar de sus campanas, da noticia de una, la más antigua, con fecha de 1680.

Da nombres de hijos distinguidos de Tonalá que destacaron en las letras y en las artes, y no se olvida de lo concerniente a la artesanía autóctona.

Menciona a propósito de la alfarería a dos artesanos más calificados de aquel tiempo, D. Remigio Grande, y a otro a quien nombraban popularmente con el mote de “Pajarito”.

No faltan noticias de orden civil, como el del oprobio que se infirió a Tonalá cuando se le dio el nombre oficial de Villa de Antonio Rojas, hacia 1860.

O la población del municipio, con 632 casas y 8,228 habitantes.

Este señor don Jaime de Anesagasti que ni siquiera fue mexicano, hizo por Tonalá lo que no hicieron después, ni han hecho ahora, ni parece que vaya a hacer ninguno de sus actúales tonaltecas.

Da razón de sí y lo declara en la introducción del librito que he podido consultar.

Dice a puerta de entrar: “Soy español por nacimiento, soy mexicano por mi crianza, soy de Tonalá por mi santo ministerio”.

De este egregio benefactor de Tonalá hay un óleo grande, en buenas condiciones, en la notaría parroquial.

Cuando don Gilberto González quiso hacer memoria de este sacerdote, apenas dio algunos rasgos indecisos que, luego vimos, concuerdan exactamente con el retrato.

Dicen también que por aquellos días de su infancia se empezó a decir con mucha pesadumbre que habían cambiado al señor cura Anesagasti.

Recuerda el gesto de las mujeres, la preocupación de los señores, el comentario que se hacía de que antes de salir de Tonalá, había juntado sus haberes y los había dejado para asegurar el sostenimiento del asilo.

También oyó decir, que lo habían mandado a Campeche; que lo habían hecho obispo, y al poco tiempo de eso, corrió la noticia de que había enfermado de una fiebre que nombraron amarilla y que allá murio…

Continuará…

Por: Manuel Prieto Nuño.